Un ataque de nostalgia me invadió luego de conocer el proyecto literario "Escrituras Mecánicas", y de pronto quise volver a tener una máquina de escribir en mis manos. Y no conseguí una, sino dos. Mi suegra fue la amable donante de dos preciosas Olivetti que conservaba en perfecto estado.
Arreola, Rulfo, Cortázar... Cuántos escritores tuvieron en este artefacto a su mejor compañía, confidente y aliado, mismo que hoy solo vemos en oficinas burocráticas o en museos.
La máquina de escribir Remington Rand que Juan Rulfo compró en noviembre de 1953 - Foto: AFP
No pude evitar recordar con tristeza que nunca supe valorar la única que tuve: una Olivetti Lettera 32 color verde, y me pregunto si aún sobrevivirá, olvidada en algún almacén de triques de algún familiar. Yo nunca la quise, detestaba cargarla y me parecía un fastidio la clase en que tenía que usarla mientras cursaba una carrera que no elegí, cumpliendo mandatos de mi madre en lo que decidía mi futuro, "por no dejar", como decía ella. Además, como todo adolescente en esa época, me sentía muy atraída e impresionada por ese nuevo aparato llamado computadora.
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